Al otro lado del muro de Berlín

 

 

Stefan Guéchev: poeta del futuro

(29.1.1911 - 4.1.2000)

En inglés: University of Toronto

En búlgaro: Slovoto y Liternet

Plegaria

 

Si en tu bondad quisieras enseñarme, oh Señor,

de tu voluntad algunas leyes nuevas

para proclamarlas por el mundo:

grábamelas sobre las tablas

en Cirílico,

a la perfección para poder entenderlas.

---

Publicado en la colección “Poesía” , Sofía, 1990.

***

Ciclo "Orfeo"

 

El nacimiento de Orfeo

¿Quién ha hecho músico a Orfeo de los Ródopes?

Dicen unos, que el dios Apolón. Otros, que ha sido su bella madre la musa Calíope. Pero nosotros, que hace siglos que escuchamos las leyendas de estos montes, sabemos que es de otra manera.

Todavía muy niño, cuando sin saberlo sabíalo todo, habría dejado secretamente su pueblo natal del valle, al sentir el llamado de las lejanas cumbres de allá arriba. (¿Quién se lo habría enseñado? Pregunten al gallo que se hermana con el sol).

Por el camino habría escuchado los sonidos que entonaban los ramajes de los pinos bajo los dedos de los soplos azules de los Ródopes y sus vientos blancos,

el canto de los alegres riachuelos, el argento estruendo de las cataratas,

el misterioso son de las rocas sabias y el profundo eco de las cuevas.

El resonar de las delgadas flechas a través del verde aire de las selvas.

Cuando de clara noche habría llegado, al fin, arriba del monte; levantaría la mirada para contemplar el cantar de las estrellas. Y se habría arrodillado. Los rayos estelares habrían atravesado sus ojos, sus palmas abiertas y su corazón.

Al amanecer, cuando el sol habría derramado generosamente su oro amarillo, tomaría de la cavidad de la roca y esculpiría su lira.

Pero no puso únicamente cuerdas de los rayos siderales, como habría hecho algún mudo sabio, sino siguió el ejemplo de la vida misma:

para primera cuerda puso un rayo estelar;

y despacio, camino de vuelta –

un hilo plateado de fina catarata escondida tras los riscos,

ramita de pino con aroma de resina solar,

temblorosa flecha en vuelo destinada a alcanzar el corazón de un águila

y el pelo dorado de la cabellera de una doncella, que habría encontrado por el camino para luego llevarla de vuelta a los montes-.

Cinco cuerdas: para que lo entendieran las fieras y las aves, y los reptiles, y hasta las gentes.

Tocaba esta lira con unos dedos suaves como el viento calmoso de la montaña.

Y jamás se halló solitario. Toda la creación le amaba con esperanza.

Y él amaba a Eurídice. Y ella a él.

***

Orfeo y Eurídice

 

No, los antiguos están equivocados: no lo han entendido.

Por su largo camino de vuelta del seno del Hades hasta las puertas iluminadas de cálida luz, Orfeo, lleno ahora del frío racional de aquel mundo de los difuntos, con imágenes y sueños que habría visto allá abajo, habría caído en razonamientos geométricos.

Y se habría dicho que si volviera Eurídice de nuevo al mundo de los montes, de las fieras y de las aves, dejaría él de estar solo y entero (como tiene que estar siempre el lírico).

Pero un pensamiento aún peor le sobrevino:

¿Cómo habría podido no resistirse al encanto de las bacantes si se encontrara junto a él su querida Eurídice? Su presencia, entonces, lo salvaría de los encolerizados abrazos de las sacerdotisas de Dioniso: muerte aspirada por cualquiera, quien estuviera destinado no hacia los muertos del Hades, sino hacia el mundo de los muertos en los cielos.

Al llegar al pórtico bañado por el sol, decidió Orfeo:

Se dio la vuelta y con una muerte infinita miró a Eurídice y ella desapareció en el silencio violeta.

Y él: solo, entero, volvió

a la horrible luz del mundo.

***

La muerte de Orfeo

 

No, no fueron los encarnados leones de melenas doradas, ni los osos de pellejo azúl marino y blancas pezuñas, ni los tigres a ágiles zebras parecidas, ni los dinosaurios más altos que los pinos, con su millar de dientes y puntiagudos hocicos,

que se reunían alrededor de la sabia roca para escuchar los sonidos atentos y sencillos de su lira, que prometían a cada animal una estrella en el corazón,

No, ellos no, de repente desconfiadas no descuartizarían al músico (si ellos le habían creído para la eternidad),

y las sacerdotisas del dios Dioniso quien codicia (es el destino que le ha sido dado por el Sol) que los animales sigan siendo animales y los humanos no se olviden que son polvo y nada más que polvo serán y que por ello les concede, a modo de consolación, las alegrías terrenales para que no se acuerden de nada más,

- Ellas, sus sacerdotisas, en éxtasis solar, desmembraron a Orfeo y esparcieron los trozos ensangrentados por las cimas y los macizos.

Por suerte nuestra él no tenía ninguna hermana querida como su hermano Osiris. Es por ello que nos tocó la suerte (grandiosa y tierna) - de buscar sus miembros para juntarlos y resucitarle –

Y junto a él, también a nosotros mismos, quizás.

***

Publicados en “Literaturen vestnik” , 1-7.11.2000.

Homenaje a Stefan Guéchev

Sobre el autor

Orfeo y orfismo

El Dioniso tracio

Cultos telúricos en el monte Pangeo

 

 
 

Krastina Gecheva, BOGOMILSTVOTO. A Bibliography, Sofia, 1997:- www.pensoft.net

Introduction par l'Académicien Dimitar Anguelov: Bogomilisme: envergure bulgare et europeenne Une bibliographie attendue : compte rendu par Gueorgi Vassilev

Кръстина Гечева, Богомилството. Библиография, София, 1997. Книгата се разпространява в книжарниците на БАН, а чрез Интернет:

www.bgob.net

 

 

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