"Veda Slovena" - La Veda Eslava

 

 

Se trata de dos polémicos tomos de "Cantares búlgaros de épocas prehistórica y precristiana" (subtítulo del 1er tomo), editados por el serbio de Bosnia Stefan Vércovich en 1874 (Belgrado, I tomo) y en 1881 (San Petersburgo, II tomo) que siguen despertando el interés y la polémica entre los investigadores por la particular interpretación mitológica de la prehistoria europea que versifican: hecho que les ha ganado apasionados detractores y apologistas desde Rusia hasta Francia, a partir del mismo momento de su publicación.

El propio nombre hindú Veda no es casual: 'vedi' es, sin ir más lejos, el nombre de la tercera letra del alfabeto cirílico. Es sorprendente además, la propia concepción legendario-mitológica de estos cantares en los que aparecen la deidad hindú Vishnú, el músico tracio Orfeo, conocido por la mitología griega y como no era de esperar menos, considerando su lugar de origen, los reyes macedonios Filipo y Alejandro Magno, al igual que los personajes y hechos mitificados de la guerra de Troya. Cuentan también su versión original sobre la invención del arado, la hoz, la barca, el trigo, el vino y la escritura.

 

 

La aparición de la Veda Eslava dentro del contexto europeo del Romanticismo despertó el interés de numerosos estudiosos y empezaron a sucederse en el tiempo estudios in situ sobre la autencticidad de la colección publicada por Vércovich, quien contaba, según sus propias declaraciones, con numerosos informantes entre los 'pomacos' de las regiones de Tracia y Macedonia: búlgaros de confesión mahometana de la región sudoccidental de los montes Ródopes, repartida hoy entre Grecia, el joven estado de Macedonia y la actual Bulgaria.

De hecho, el propio gobierno francés envió en repetidas ocasiones a investigadores, buscando un pronunciamiento científico tajante sobre el estado de dicha cuestión, pero ni las encuestas francesas, ni tampoco las búlgaras llegaron a responder de manera consecuente y unívoca las múltiples preguntas levantadas a propósito del cancionero (23 809 versos), al tiempo que las fuentes locales macedonias, fueran las que celebrasen y avalasen la afinidad de sus tradiciones y folclore con el corpus legendario-mitológico publicado.

Entre los hechos conocidos alrededor de tan polémica edición cabe destacar la aportación del búlgaro Iván Gologanov (1839-1895), oriundo de la zona, en la que están recogidos los cantares. Es más, fue este humilde maestro de escuela de pueblo el hombre que a lo largo de toda su vida se vio obligado a dar la cara ante diferentes instancias, nacionales y extranjeras, explicando que había sido él quien había recogido y recopilado en un período de 12 años, en su región natal y entre sus gentes (debidamente identificados, por cierto), a cambio de una modesta recompensa económica recibida de Vércovich, casi la totalidad de los versos de la Veda Eslava (en palabras del editor sólo una décima parte de lo archivado había podido ver la luz).

Una personalidad apasionante se le puede suponer al editor Stefan Vércovich también por lo que sabe de él: monje franciscano (1827-1893), enviado por el gobierno serbio a la zona de Macedonia en los años cincuenta, con la misión de apoyar los movimientos independentistas de la iglesia búlgara frente a la hegemonía ortodoxa griega, con vistas de concienciar, llegada la ocasión, al pueblo autóctono de su nueva "identidad nacional" que las estadísticas europeas y de la administración turca por aquel entonces seguían registrando como búlgara.

 

Es bien conocido el complicado entramado de poderes, rivalidades, apetitos y pretensiones territoriales hacia la zona de Macedonia que enfrentaba las potencias balcánicas de la época: Serbia y Grecia, recién independizadas (a principios del XIX) de la dominación otomana; mientras una Bulgaria levantisca, estuviera todavía ensimismada en su propio y doloroso proceso histórico de autodeterminación y liberación. Ahora bien, merece mención especial, que el cambio de la política de Belgrado una vez manifiestas sus pretensiones territoriales y nacionales hacia la zona macedonia, enfrentaría a Vércovich con su propio gobierno y le abandonaría a su suerte... la vocacional de ilustrador y divulgador cultural entre aquella gente, a la vez que estudioso de sus tradiciones, folclore y etnografía, y coleccionista a cuyo fervor se debe la conservación de importantes manuscritos, obras de arte, monedas, etc.

Al margen de la polémica suscitada sobre la autenticidad de estos cantares y la vida de penurias que le costaron también a Iván Gologanov, perseguido por su labor subversiva por la administración turca en tiempos de la dominación y acusado por los suyos de falsificador, llegada la Independencia (1878) son indiscutibles su valor histórico, etnográfico y poético, sin hablar de la fascinación que sigue inspirando la mitificación insólita de la historia europea que cantan.

 

 

"Despertado el interés de todas las Academias europeas por los cantares de los Ródopes, a nosotros, los búlgaros, no debería importarnos en absoluto si los estuvo recogiendo de bocas ajenas o las inventó él mismo..." - tuvo que justificarse el gran estadista y Primer misnistro de Bulgaria durante los años 1887-1894; Stefan Stambolov al ofrecerle a Gologanov una pensión vitalicia por su labor, tan apasionada y apasionante, como (sin duda) ingrata.

 

 

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